De aquí a la luna aunque se mueva.


Soy incapaz de recordar cuando tuve mi primer encuentro con "El palacio de la luna" de Paul Auster, sólo recuerdo que su lectura trazó rutas internas de mi pasado jamás entonces vivido, pero sí construído con base en travesías lunáticas. De esas que no requieren trajes especiales por espaciales, ni naves sofisticadas que nos eleven a lo que luce inalcanzable. Recuerdo, eso sí, que apenas hacían falta Meliés u otros magos del cine para ponerse en marcha. O bien ese otro Cyrano, el que reclama ser el verdadero, no el salido de las letras de Edmund de Rostand, sino el que presumía ser el primer hombre en haber viajado a la luna hace ya mucho, en los días en que conquistar el satélite de nuestro mundo era más una labor de sueños e imaginaciones, que un deseo de imposición de banderas.
Recuerdo que Auster me hizo transitar por primera vez las calles del Nueva York que nunca he conocido, pues lo hizo nada más ni nada menos que a partir de breves instantes de películas que acompañaron mi infancia, de nombres de héroes del beisbol que se pierden en el polvo de los diamantes que de a poco olvidan sus carreras. Recuerdo que deseaba, en esa primera lectura, tomar una cena barata en el Palacio de la luna, restaurante sin encanto, ni porte, pero cuyo nombre significaba ya un paso al firmamento.
Si leer un libro es una forma de hallar y hacer caminos, la relectura es atreverse a nuevas rutas, trazar una cartografía capaz de reconocer no sólo la distancia, sino el tiempo que pesa sobre el caminante y el tiempo que queda por venir.
Auster da a su protagonista un nombre nada azaroso: Marco Fogg. Evocación de dos formas muy distintas de viaje que se encuentran. Marco, el viajero antiguo, el conquistador, el que lleva sobre los hombros el peso de un imperio; del otro lado, Fogg, el viajero moderno. El que se ha arrojado a la aventura por demostrar que tan alto ha llegado el hombre. Lo mueve una apuesta, sí, pero la apuesta no es un simple juego, en ella se va todo el mundo y sus nuevos ideales. Marco Fogg, así, cumple con la misión de ser viajero, pero en su ruta ya no caben ni imperios, ni ideales... apenas cabe él. "Huérfano en la tormenta", el protagonista de esta novela tiene que atravesar por escenarios adversos para construirse: vivir en Central Park, ser el redactor de las memorias de un anciano enigmático, hallar el amor sólo al meter el cuerpo entero en el vacío más profundo y, parafraseando otro de los títulos de Auster... escuchando la música del azar. Y es que el azar es, como ocurre en otras obras de Auster, uno de los ejes rectores de la narración. El azar como forma de encuentro con el pasado desconocido, el azar como encuentro de ese Otro que complementa el ser, pero también el azar como desencuentro y ruptura.
Las travesías de Fogg tienen ritmo siempre de tormenta, pues es su juventud la que empuja cada paso, la que le entrega al naufragio. No hay en todo su curso protección posible, al enfrentar la tempestad sólo le cubre un paraguas roto y maltrecho. Fogg ha abandonado el mundo, se ha abandonado del mundo, pero ahí donde queda nada, también hay rutas posibles: "Decidí que haría lo que Barber y yo nos proponíamos al emprender en viaje, y el saber que tenía un objetivo, que no estaba huyendo de algo sino yendo hacia algo, me dio el valor de admitir ante mí mismo que en realidad no deseaba estar muerto."
De nuevo, toda relectura exige trazar nuevas rutas, estar dispuesto a transformar no sólo un futuro ciego, sino un pasado enfurecido. Toda relectura es una forma de echarse a la blancura, al vacío y exige estar dispuesto al error, al azar, formas de ruta que conforman parte del mapa, del manuscrito en construcción que somos. Después de todo, como cuestiona Fogg:
"Si Colón confundió América con Cathay, ¿quién era yo para andar con sutilezas geográficas?"

El Palacio de la Luna (Título original: Moon palace)
de Paul Auster.
Ed. Anagrama, 1990.
(Publicado originalmente po editorial Viking en 1989.)

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